Hay sólo tres destinos a los que es posible huir: la cima de la montaña, el desierto o el pantano. Por qué se elije uno u otro es motivo de muchas discusiones entre académicos y gente común. ¿Será algún recuerdo escondido, un resquicio de infancia que nos hace correr a la cima? ¿Un deseo oculto de sombra y frío el que nos hace ansiar el pantano? ¿El perfume del desierto nos llama porque somos arena más que otra cosa?
Entre el ser y el deseo se esconde el abismo de no saber que elegiremos, porque hasta que no huyamos no podemos saberlo. Podemos amar los tres destinos, pero sólo uno será nuestro refugio. No es extraño planear escapar con la mirada en un horizonte específico y a mitad de camino dar media vuelta y dirigirnos hacia otro, porque es ese el que nos llama.
Hay belleza en el frío y húmedo pantano, en el seco y dorado desierto, en la pedregosa y alta montaña. Percibimos toda la belleza, pero sólo le pertenecemos y nos pertenece una de ellas. ¿Por qué? Nadie lo sabe.
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