sábado, 5 de noviembre de 2011

Al despertar, ella se sumergió en el ropero de los planes diarios, buscando vestir alguno que no fuera una obligación. Buscaba, al menos, un accesorio que no estuviera tejido con los deberes ineludibles del día. Algo placentero. Algo aparentemente inútil.

Que la gente le preguntara por la calle:
"¿Para qué llevás ese innecesario accesorio? Vas a perder el tiempo con él. Después de un rato va a pesarte, y vas a tener que arrastrarlo el resto del día colgando en el brazo".

Y sentirse bien consigo misma, porque a ella no le importaran esas críticas.

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